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Las compañías familiares tienen un rol fundamental en la producción de valor de una economía. En Argentina este tipo de organizaciones inciden directamente en el desarrollo productivo y laboral del país: representan a más del 70% de empresas y generan el 80% del trabajo en el sector privado. Allí reside la importancia de la formación efectiva de sus líderes, la gestión de su rentabilidad y crecimiento, así como la preservación de vínculos y la propia armonía familiar. Hoy más que nunca, frente a una coyuntura adversa que nos desafía diariamente, los aspectos productivos y humanos no sólo deben convivir sino potenciarse.

Así como “cada familia es un mundo”, cada empresa familiar lo es también, con sus virtudes y problemáticas, fortalezas y debilidades. Está claro que la conjunción de la coyuntura interna y la externa resultan determinantes para su continuidad y evolución. Sin embargo, todas coinciden en el enorme desafío que resulta lograr una sucesión efectiva de una generación a la siguiente.

En el caso de las empresas familiares, muchas veces esta particular conformación puede resultar clave para su resiliencia y supervivencia frente a la adversidad, ya que se destaca la importancia de cuidar a la familia y su visión de trascendencia. Cuando este espíritu se potencia con las herramientas adecuadas, dichas compañías se fortalecen en contextos de crisis, casi siempre priorizando el legado por sobre el beneficio inmediato.

Actualmente 7 de cada 10 empresas no sobreviven el traspaso entre la generación fundadora y la sucesora. Aquellas que logran sostenerse en el tiempo coinciden en la necesidad de anticiparse a estos hitos, que pueden ser traumáticos y afectar cada aspecto de la organización. Por eso, los procesos de profesionalización que buscan asegurar supervivencia y competitividad, deben trabajar de manera sistémica sobre la gobernanza, el marco legal y la planificación legal y patrimonial, el modelo de negocios y de generación de valor, el emprendimiento en la familia empresaria y la gestión de la intergeneracionalidad, entre otros aspectos.

Cada transición generacional presenta un desafío para la generación que gobierna y la generación que sucede. Tender puentes claros, colaborativos y escalables con la generación próxima permitirá que puedan eventualmente ocupar esos espacios de la mejor manera y con un verdadero sentido de continuidad. La capacidad de liderazgo es un aspecto clave para asegurar este espacio.

Tanto a nivel humano como profesional, se suma el desafío de poder detectar y potenciar el lugar de cada uno de los miembros en los sistemas familia – empresa. Comprender el rol actual o futuro que juegan y dónde está su mayor aporte de valor trae tranquilidad y ordena cualquier estrategia. Esto puede verse materializado en la realización de un protocolo de familia donde se labran acuerdos y consensos para el traspaso generacional.

El traspaso suele generar un gran shock en las empresas de familia porque implica transferir la forma de entender el mundo, el legado, los valores, cuestiones tan abstractas como fundamentales. Tal vez, el impulso o la fuerza que tuvo el fundador no necesariamente se repita en una segunda generación o no logren una forma diferente de crear valor a través de un nuevo modelo de negocio acorde a las necesidades y oportunidades actuales. Así es que, las empresas familiares significan un desafío de gestión que necesita abordarse desde una perspectiva interdisciplinaria.


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Fuente: Martín Guezuraga, Director de la especialización en gestión y gobierno de Empresas Familiares de la Universidad Siglo 21, para Ámbito.