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Las pymes tienen una fragilidad adicional, relacionada con la suerte y la salud de los dueños y sus familias

“Si querés que Dios se ría, contale tus planes” reza un refrán que pone de mal humor a los que igualan la vida con el Excel. El problema, en verdad, es que muy pocas veces tienen un Plan B, o C.

Porque es cierto que la economía de mercado tiene riesgos innatos, y que la Argentina en particular sufre una volatilidad XXL desde hace décadas. Ante estos factores tan cambiantes, grandes y chicos tambalean. Pero las pymes le suman una fragilidad adicional, relacionada con la suerte y la salud de los dueños y sus familias.

Acá hemos optado por resumir esa fragilidad en “Las 5 D”:

Defunción. Muchas veces los herederos carecen de formación para reemplazar al empresario fallecido, lo que puede generar choques con los socios o con el personal, o disputas entre propios familiares. Esto produce incertidumbre y parálisis en la toma de decisiones.

Divorcio. El desarrollo de un divorcio puede incluir medidas judiciales, tales como la intervención de la sociedad, o el reparto de la participación societaria. Así, el ex cónyuge puede convertirse en un socio indeseado en la empresa.

Discapacidad. Sea por accidente o enfermedad, si el empresario pierde funciones motoras o mentales, priva a la empresa de una persona clave. A la vez, demanda aportes económicos extraordinarios, para tratamientos, cuidados especiales, etc.

Diferencias societarias. Cuando hay diferencias entre los titulares de la firma, o entre dos generaciones en la empresa familiar, se detiene la toma de decisiones y la organización pasa a girar en medio de la incertidumbre. No se ponen en marcha nuevos proyectos y empieza a funcionar a tope el “radio-pasillo”, con obvio malestar del personal. Como una pelea a tiros en un avión en vuelo, las balas no hieren sólo al rival, sino que pueden matar a todo el negocio.

Deudas personales. Si un socio de la empresa sufre la ejecución de su propio patrimonio (o se presenta en concurso preventivo, o quiebra), puede ponerse en riesgo el control societario. Ha sucedido, por caso, que en una subasta de participación societaria, la parte de un socio terminó en manos de la competencia.


Cómo protegerse

El primer paso es reducir la omnipotencia. Y luego hay que tomar conciencia de que estos riesgos existen, sin borrar la angustia con el falso argumento de que “a nosotros no nos va a pasar”. Los pasos concretos ante cada factor de riesgo son:

Defunción: preparar a la familia como futuros accionistas, para evitarles malas decisiones, a través del Protocolo Familiar. O firmar un acuerdo con los socios, para que, en caso de fallecimiento, la familia reciba una cantidad de dinero (en parte proveniente de un seguro de vida) y los socios, la participación societaria.

Divorcio: firmar acuerdos patrimoniales. Así, cada cual maneja su patrimonio, sin sociedad conyugal.

Discapacidad: establecer los mecanismos de cuidado de una persona con discapacidad a través del “testamento vital”. También es posible elaborar un fideicomiso de protección familiar con esos fines.

Diferencias societarias: evitar el litigio judicial a toda costa. Es mejor acordar que se recurrirá primero a una mediación y, si en ella no se resuelve el conflicto, acudir a un Tribunal de Arbitraje, que va a llegar a soluciones más rápido y de modo más efectivo.

Deudas personales: recurrir a expertos para contener el endeudamiento excesivo. Pero si a pesar de todo éste ocurre, asesorarse para despegar a la sociedad de las contingencias de cada socio.

Nadie está libre de sufrir alguna de las 5 D, pero es mejor que nos encuentre preparados.

Fuente: Leonardo J. Glikin. Director de CAPS Consultores; director del Programa de Empresas Familiares de Universidad Torcuato Di Tella. Para diario Ambito.