La historia de una empresa que nació en el siglo XIX, fue adquirida por una familia inmigrante en plena Segunda Guerra Mundial y hoy se prepara para los desafíos de la inteligencia artificial. Un recorrido marcado por la adaptación, la innovación y la capacidad de cada generación para construir continuidad.

El inmigrante que llegó sin saber qué iba a hacer.
En julio de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, la familia Ingham llegó a la Argentina desde Europa. No venían con un plan de negocios. Venían escapando. Tenían contactos locales, algunas referencias y muy poco más.
A través de esos contactos, el padre de Harry descubrió que existía en Buenos Aires una firma llamada Cronos SRL que estaba en venta. La empresa tenía historia propia: había sido fundada en 1892 bajo el nombre Mauthe y Compañía por un alemán que luego la vendió a un francés, quien a su vez la traspasó a un contador angloargentino llamado Gerardo Van Oppen, que la rebautizó Cronos en 1935. Era, en esencia, una importadora de relojes de control de personal desde Inglaterra.
Cronos no fue fundada por la familia que hoy la dirige: fue adoptada. Y esa adopción ocurrió en el peor momento posible, un mundo en guerra, un país en transición y un sector que dependía de importaciones que estaban por cortarse. En noviembre de 1940, apenas cuatro meses después de bajar del barco, la familia Ingham compró la firma. «No sé si fue valentía o desesperación», dice Harry muchas décadas después.
El 7 de diciembre de 1941, Japón ataca Pearl Harbor. El 8 de diciembre, Estados Unidos entra en guerra. Para una empresa que vivía de importar relojes de control de personal desde el Reino Unido y luego de EE.UU., la ecuación era simple y brutal: sin importaciones, sin negocio.

En lugar de esperar que la situación se normalizara, la familia Ingham empezó a fabricar. En 1942, hechos en gran parte a mano, salieron de los talleres de Cronos los primeros relojes registradores de personal fabricados en la Argentina . «La restricción obligó a fabricar y fabricar obligó a innovar», resume Harry. «Mi padre tenía formación técnica. Pero más que eso, tenía la convicción de que siempre había una manera de seguir.»
En enero de 1945, Harry Ingham entró a trabajar en la empresa familiar. Tenía trece años. Su cargo no figura en ningún organigrama de la época, pero él lo describe con precisión: gerente de logística, es decir, repartidor de tarjetas de control en bicicleta y jefe ecológico o mejor dicho, encargado de barrer el taller. Esa entrada desde abajo no fue un accidente. «Mi padre había empezado como cadete en 1910 en una firma alemana. En esta familia, el que sirve sirve y el que no, se va», cuenta Harry. «No había que saltear etapas. El que llegaba a manejar algo era porque había pasado por todo lo demás.»
Años más tarde, ya como vendedor, Harry cerró lo que describe como «el contrato más chico de mi vida»: un equipo telefónico con dos internos para una pequeña empresa. La historia de lo que vino después se convirtió en una lección que repetiría durante décadas. «De ese contrato pequeñísimo surgió una cantidad de negocios muy importantes», recuerda.
«No existe el cliente chico. Al más chico hay que tratarlo como si fuera el dueño de una multinacional. Uno nunca sabe lo que puede generar.» — Harry Ingham
En los años sesenta, Cronos alquilaba sus equipos de telefonía en lugar de venderlos, con servicio técnico incluido. Era, en términos actuales, hardware as a service o software de suscripción. Un modelo que las grandes empresas tecnológicas del mundo adoptarían décadas después como su principal fuente de ingresos. «Ese concepto le parece muy nuevo a la gente. La empresa lo estaba haciendo en los años sesenta», dice Harry.

Durante décadas, Cronos siguió creciendo. Llegó a contar con 330 empleados, 8 sucursales y una posición consolidada en el mercado. Sin embargo, el desafío más grande de su historia aún estaba por llegar.
Reinventarse para permanecer.
En los años noventa, la aparición de los sistemas electrónicos de comunicación y, más tarde, la telefonía celular, destruyeron en pocos años lo que había tardado décadas en construirse. En el transcurso de la década, la empresa pasó de más de 300 empleados a 17. Las sucursales cerraron una por una. Los ingresos del área de telefonía se redujeron a casi cero.
«En toda la década del noventa fuimos una empresa en decadencia, con toda claridad», dice Harry sin rodeos.
En 1994, migraron a software antes de que el hardware dejara de ser negocio. Y En 1999, con la empresa en su punto más débil se discutió seriamente si era el momento de cerrar. La decisión de no hacerlo fue, en las palabras de Harry, una cuestión de carácter: «Alguien aquí presente dijo que no y la peleamos». Harry compró la parte de los demás parientes y comenzó la reconstrucción.
“En los años noventa la gente decía de Cronos: buena gente, lástima que se quedaron. Y era verdad. Ese fue el momento en que tuvimos que decidir si eso iba a seguir siendo así o no.» — Harry Ingham, miembro del Directorio de Cronos
En 2003, Harry Ingham hizo algo que pocos empresarios hacen voluntariamente: reconoció que ya no era la persona indicada para llevar adelante la empresa que había construido. No era una cuestión de edad ni de capacidad. Era una cuestión de época. «Yo soy alumno de la era industrial», explica. «Me formé como electrotécnico. Entiendo ese mundo. Pero en 2003 me di cuenta de que la empresa necesitaba a alguien formado en la era digital. Y ese alguien era Roberto.»
Roberto Ingham, su hijo y actual presidente de la firma, llegó a la empresa no como heredero que recibe un cargo, sino como alguien que ya conocía el negocio desde afuera. Había trabajado años haciendo diseño industrial y desarrollo de productos. Cuando asumió la dirección, en 2003, la empresa estaba estabilizada pero quieta.

Una de las primeras decisiones fue discontinuar un software de gestión que llevaba tres años de desarrollo y estaba al 95% de completarse. «Analicé el producto y decidí tomar la pérdida y darlo de baja», cuenta Roberto. «Me parecía que cuando saliera ya iba a estar viejo.» Sobre esa decisión se construyó lo que hoy es Cronos Control , el producto central de la empresa, cuya primera versión recién salió en 2008, tres años después de iniciado el desarrollo y con cinco personas dedicadas exclusivamente a él.
En 2012, cuando un nuevo cierre de importaciones dejó a Cronos sin acceso a hardware por nueve meses, la empresa aceleró el desarrollo de soluciones para celulares. «Si nunca más podemos importar, ¿sobre qué nos montamos?», fue la pregunta. La respuesta anticipó en años una tendencia que el mercado adoptaría masivamente con la pandemia.
Ante el desafío de la Inteligencia Artificial.
A sus 94 años, Harry sigue participando en la empresa, observando cómo el próximo gran desafío toca a la puerta: la inteligencia artificial aplicada al software de gestión. Aunque la velocidad del cambio es hoy inédita, en Cronos no se vive con temor. La empresa ya trabaja en integrar estas nuevas herramientas, con la certeza de que, aunque la tecnología cambie, las necesidades humanas de orden y control permanecen.

«La humanidad seguirá siendo humana y emocionada. Eso es algo que la inteligencia artificial no va a poder generar nunca. Y nosotros no vamos a esperar a que el mundo lo redescubra.» — Harry Ingham
Como bien reflexiona Harry, el norte no se pierde si se mantiene la esencia. Una empresa que dura más de 130 años en la Argentina no lo hace por suerte; lo hace porque cada generación ha sabido responder, a su tiempo, a la misma pregunta: ¿para qué seguimos existiendo? Mientras esa respuesta siga viva, el futuro de Cronos está garantizado.
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